Sobre los de avanzada edad

15 de junio de 2020

 

Hace muchos meses pasó por mi cabeza una ocurrencia extraña que entonces no pude entender: los ancianos nunca se mueren, los matan; idea extravagante que sentí como una intuición y que olvidé con el paso del tiempo; pero, ¿qué habría percibido yo en aquel momento para concebir semejante disparate?

 

 A causa del confinamiento a que nos obligó el coronavirus, yo mismo tuve la sensación de envejecer diez años en tres meses; como si lo que habría de vivir ya lo hubiese vivido todo y el resto consistiera en irse apagando. uando por fuera nos confinan por dentro nos anonadan, porque estamos hechos de relaciones.

 

 El sábado pasado me propuso un amigo que le acompañara a un encuentro con un matrimonio joven que atraviesa una crisis de familia y deseaban que les aconsejáramos.  Escuché largo rato sin intervenir un relato cargado de tensiones y amargura. Cuando me pareció verlo claro, les planteé mi sospecha de que lo estaban enfocando mal y la manera en que hallarían soluciones; y compartimos la sensación de haber reorientado el asunto.

 Ya solo en el coche volviendo a mi casa, me noté jovial y más seguro, como si aquel encuentro me hubiese rejuvenecido; sospecho que por sentir que había sido útil.  Y fue precisamente esta sensación de seguir siendo útil lo que me encaminó de nuevo a la extravagante idea de que los viejos no se mueren, los matan.

 

 Hasta hace un siglo, los ancianos eran profundamente respetados e incluso podían y solían gobernar; porque la población en general reconocía y valoraba en ellos el poso de experiencia que deja la vida; y la serena templanza de su edad o el que estén ya de vuelta de muchas cosas, parecía interesarle a la gente.

 

Pero el mundo gira y gira que es un atropello y ahora, sólo la energía joven parece rentable. Y como a los jóvenes les urgen tantas cosas, ya no disponen ni de un minuto para atender en casa a quienes los criaron, y por eso los tienen que arrumbar como hospicianos.

 

 ¿Será que de repente los viejos del mundo se hayan atascado? ¿por qué no podrían seguir gobernando o asesorando como hicieron siempre si se les permitiera? En vez de confinarlos en pudrideros. Donde a veces les visitan para no olvidarlos del todo y sobre todo si les quieren, para aliviar el remordimiento de haberlos aislado en un gueto.

Cuando los ancianos dejan herencia, sus descendientes agradecidos los alojan en “residencias para personas mayores” valga el eufemismo, o sea en hospicios de postín. Pero ni eso impide, que allí los agobien con estúpidos mimos como si fueran parvulitos: “ahora es la hora de la gimnasia sueca” ”ahora lo es, de que juguéis al parchís” “y luego tomaréis la cenita sin dejar en el plato nadita”.

Agradezco infinito a la gerontóloga Anna Freixas Farré la reflexión que sobre estos “detalles” publicó en la prensa recientemente: en las residencias de ancianos, dice ella, siempre se dirigen a las personas de edad usando diminutivos: “ponga el culete”, “deme las gafitas”; y siempre en un plural impersonal: “cómo estamos hoy”, “nos duele mucho todavía”;  empleando frases cortas y  simples, llenas de innecesarias repeticiones cual si les achacasen atasco mental y en un tono estridente que presupone sordera.

Cierto que a los viejos casi nunca los anonadan por capricho sino por imperiosa necesidad: pudientes y no pudientes, padres y madres, tienen que andar fuera de casa todo el día, trabajando o intentando trabajar y en todo caso corriendo; porque los bienes materiales esclavizan mucho y si escasean esclavizan aún más.

 

Engendrar, parir, criar y educar, siempre fueron labores esenciales en la vida hogareña, que pergeñaban lo que vendría después: el sentido de pertenencia, la identidad, la autoestima, la responsabilidad, o sea la posibilidad de tener consciencia y conciencia.

 

Si la ambición, la soberbia o la codicia insaciable de algunos nos tienen hoy tan sojuzgados, evidencia que en muchos hogares, sobre todo en hogares donde otros bienes nunca faltan, la crianza y educación han sido lamentables, garrafales.

Por eso siempre insisto en lo mucho que comporta la crianza, que nos hace humanos y amamanta las conciencias. Apenas mejorará nada en el mundo mientras sigamos aceptando como normal, que desde la más tierna infancia acuartelen a criaturas y cuando ancianos los confinen en asilos, aunque se trate de inclusas de mucho postín.

 Que si por fuera nos confinan por dentro nos aniquilan, porque estamos hechos de espontáneas relaciones.

 

                                                                              Enrique Martínez Reguera

                                                                                  Madrid, junio de 2020  

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